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07/10/2010
Mario Vargas Llosa del periodismo a la literatura
Por Daniel Santa Cruz Periodista especializado en temas educativas. Coordinador de la Red de Periodistas Latinoamericanos de educación. Fundación CEPP
¿Prefieres el periodismo a la Literatura? –Dijo Santiago. Prefiero el trago-se rió Carlitos-. El periodismo no es una vocación sino una frustración, ya te darás cuenta. Fragmento de Conversación en la Catedral
“Sin el periodismo no hubiese escrito la mitad de mis novelas” Vargas Llosa, en la presentación de una recopilación de artículos escritos a lo largo de 50 años. París 2005
La decisión de otorgarle el premio Nobel de Literatura a Mario Vargas Llosa debería alegrar y, de alguna manera, halagar a todo el periodismo independiente. Vargas Llosa es, como Gabriel García Márquez y el recordado Tomás Eloy Martínez, un destacadísimo escritor que narra y relata con una insuperable riqueza literaria pero con un marcado estilo periodístico. No es difícil encontrar en gran parte de sus novelas a periodistas entre sus personajes, con roles destacados o secundarios, pero siempre con el fin de aportar al relato la inconfundible, y generalmente clara, mirada de la prensa. Ellos, los protagonistas, pueden trabajar a desgano en la redacción de La Crónica como en Conversación en la Catedral, o bien pueden aparecer en la interesada intervención de un reportero de una radio perdida en la selva amazónica para inmiscuirse en la erótica pero disciplinada misión militar del Capitán Pantaleón Pantoja, en el querible Pantaleón y las visitadoras. Su papel de columnista de los más destacados periódicos de lengua hispana nos permite a muchos de nosotros encontrarnos, algunos sábados o domingos, con un Vargas Llosa autentico, más periodista que escritor o viceversa (qué importa ya), que puede, desde clavar una daga en el pensamiento autoritario de algunos gobiernos populistas hasta hacer tambalear los mejores argumentos contra las corridas de toros. Hombre de principios claros: La idea de buscar la libertad como objetivo y como modo de vida, siempre está presente en su pluma de reportero innato, pero también la ironía para despotricar contra un modo de periodismo sensacionalista, poco analítico y ligero, que busca más el impacto del minuto que la profundidad del caso. Al respecto dijo hace poco “En México la información se ha convertido en un espectáculo”, cansado de que el show se imponga al derecho ciudadano de informarse. Vargas Llosa siempre hizo periodismo, fue su pasión desde la escuela secundaria y desde entonces no dejó de hacerlo. Siempre destacó que su idea del escritor no es la de una persona encerrada en un estudio y rodeada solo de libros y de fantasmas. El escritor que Vargas Llosa representa necesita tener un pie en la calle, en las charlas parroquianas, en la disputa por el poder, en la arrogancia de una idea que sale airosa del debate público y en la derrota de aquellas sometidas al escarnio público, en fin, en la historia que vamos construyendo. En ese sentido el periodismo fue para Vargas Llosa un puente entre su trabajo de escritor y todo lo que acontece en el mundo e interesa. Criticado por quienes se espantan de su pensamiento liberal, que son los mismos que se acomodan a su diestra naturalmente cuando gobiernan desde un supuesto atril progresista, derrotado en la carrera presidencial de su querido Perú por un impresentable empresario, hoy preso vaya casualidad, y denostado por el “chavismo”, que lo erigió como el escritor maldito, como lo hiciera una par de décadas atrás el mundo islámico contra Salman Rushdie, Vargas Llosa asoma su figura al mundo y nos regala a los argentinos, a la hora de conocer su premio, un humilde y sincero “me avergüenza recibir el premio que no recibió Borges” y se guarda, se silencia. No sabemos la magnitud de su emoción ni su alegría, desconocemos si lo esperaba o si se lo había propuesto alguna vez. Solo sabemos, y estamos seguros, que debe estar pensando su próxima columna dominical, no hacerlo sería un lujo que no se puede dar un buen periodista.
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