Alicia Dujovne Ortiz
La muñeca rusa
Editorial: Alfaguara
Publicación:
ISBN: 978-987-04-1181-9
Sinopsis:
Mientras el escritor uruguayo Felisberto Hernández vive su momento de gloria en París y abandona temporariamente las estrecheces de su vida en el sur, una espía soviética lo seduce para marcharse con él a Montevideo y montar una red de espionaje que se extenderá por toda América. La espía es la española África de las Heras, veterana de la Guerra Civil y agente de la KGB. El escritor es una rara avis y presa fácil para una mujer de armas tomar. ¿Quién sospecharía de la esposa española de un anticomunista declarado? Como esas muñecas rusas que se ocultan una dentro de la otra, África ha sido muchas y siempre puede ser una más. La mujer de Felisberto es una modista de alta costura que esconde un equipo de radiotransmisión entre las Singer y una antena entre las sogas de colgar la ropa. Antes ha sido paracaidista en las líneas alemanas y se ha infiltrado como secretaria de Trotsky en México.
Ella es una muñeca en manos de su jefe, que desde su rincón moscovita escribe un libreto delirante del que forma parte un escritor atraído por el misterio de los objetos y las faldas de las mujeres. Al tiempo que recorre las aventuras de esta extraordinaria, conmovedora y despiadada mujer, y da cuenta de las sinuosidades de la vida del escritor, La muñeca rusa es también una aguda evocación del régimen estalinista, el del control y la sospecha permanentes. Con los materiales de una realidad que sabe a cuento, su habitual sentido del humor y una rigurosa documentación, Alicia Dujovne Ortiz ha construido la más apasionante de todas sus novelas.
- La novela cuenta la historia de una espía y, de alguna manera, vos fuiste una espía de esa historia. ¿Qué te atrapó de ella? ¿Cómo se te ocurrió la idea?
- Yo estaba en Montevideo trabajando con la historia de mi padre -que conté en la biografía de mi padre, publicada el año pasado, El camarada Carlos. Mi padre fue enviado a Montevideo en 1928 como agente, pero no como agente de espionaje, sino de agitación sindical. Entonces, estaba investigando lo que fue Montevideo en aquel momento en relación con el tema soviético, y me cuentan esta historia que me pareció hecha para mí, porque tenía todos los ingredientes que a mí me gustan: está el tema soviético que conozco desde que nací, por mi familia; y está Felisberto Hernández, que es un escritor al que adoro, hasta el punto que alguna vez soñé con escribir un ensayo sobre él. De modo que todo se unía. Además, objetivamente, es un tema novelesco: una espía enviada por alguien del KGB, de Moscú, a París donde Felisberto Hernández, que era un escritor que recién empezaba a hacerse conocer, notorio anticomunista, está con una beca; y a ese alguien del KGB se le ocurre ¿y si la mandamos a África de las Heras a levantarse a Felisberto? ¿Por qué? Porque necesita mandarla a ella a Montevideo a organizar una red de espionaje, desde Montevideo hasta Estados Unidos en 1949. Si ella se casa con Felisberto, llega como señora de Hernández, como una tranquila costurera española, sin despertar sospechas.
- ¿Cómo trabajaste los materiales históricos y los textos de Felisberto Hernández que recorren toda la obra?
- El tema de la intertextualidad está muy acotado porque todo lo que es de Felisberto lo pongo en itálica. No me gusta mezclar textos. Sin embargo, era necesario porque los textos de Felisberto, y en particular "Las hortensias", tienen que ver con el relato. "Las hortensias" es un cuento que él le dedica a la que llamaba María Luisa, que es la espía, pero él ignora que lo fuera.
Con respecto a los personajes reales, históricos, yo siempre trabajo de esa manera. Yo tengo una imaginación rara; la tengo una vez que escucho una historia real. Hay historias que parecen nacidas para mí, que me disparan hacia algo y entonces las tomo y, a partir de ahí, escribo. Pero necesito una base real para lanzarme hacia algo.
- Oleg es un personaje ficcional al que le diste vida para responder a la pregunta de a quién se le ocurrió la idea de mandar a África a París a levantarse a Felisberto. Es como un deux ex machina. ¿Cómo lo concebiste?
- Empezó siendo un deux ex machina y responde a una necesidad. Cuando me dicen -y esto es real- que la mandan a África a levantarse a Felisberto yo pienso: la persona a la que se le ocurrió eso es el verdadero novelista de esta historia, es el titiritero, es el que maneja todos los hilos, es el que sabe lo que ni Felisberto ni África de las Heras pueden saber. Y yo me pego a la cabeza de ellos dos, yo nunca trabajo con el narrador omnisciente, porque no sé quién es, debe ser Dios. Entonces, el que sabe todo es este ruso que la envía. Y de a poco van surgiendo elementos específicos de este personaje: le voy inventando una historia; en realidad, más que inventarle una historia, él me la va contando a mí. Son esos personajes que a un novelista se le imponen. Entonces, resulta que es un semiótico, porque en el espionaje a menudo entraba gente que trabajaba con los códigos de lenguaje; lo hago judío de Kurilov, Ucrania, porque de ahí venían mis abuelos paternos; le invento una historia de amor con África de las Heras, un amor como de adolescente tímido, escondido tras sus anteojitos y que permanece invisible hasta el final para ella.
- La idea de que alguien invisible mueve los hilos como un dios, está relacionada con la conexión evidente en la obra entre militancia política y religión. ¿Cómo explicarías esta relación?
- Es evidente que África de las Heras, así como la que la recluta para trabajar en el espionaje soviético en España, Caridad Mercader -que fue la madre de Ramón Mercader, el asesino de Trotsky-, son dos mujeres educadas en el catolicismo español, y pasan al comunismo como se puede entrar a un convento. La invisibilidad del que maneja los hilos, probablemente tenga que ver con esto, pero es alguien a quien, en realidad, África no puede conocer porque efectivamente no sabemos si ha existido. Entonces, en la novela no solamente es invisible para ella, sino que además el diario en el que él escribe toda la historia desaparece; no quedan rastros de alguien que efectivamente no ha existido.
- En la historia se arma un triángulo entre Oleg (titiritero), África (títere-titiritero) y Felisberto (títere-¿titiritero?). Sin embargo, se podría cuestionar tu lugar en esa lógica. ¿Cuál es la posición del autor?
- Justamente no me ubico como un dios, porque no creo en el narrador omnisciente. Si me ubicara como un dios, Oleg no existiría, existiría yo. Como me pego a la cabeza de los dos personajes y hasta escribo como ellos -cuando hablo de África escribo en español y cuando hablo de Felisberto escribo en rioplatense- entonces, Oleg es el dios. Lo que pasa conmigo en relación con esta gente es que yo simpatizo con todos. Yo podría haber tenido una reacción de santo horror frente a una mujer adiestrada para matar y que mata, o que hace los planos donde está Trotsky en México, porque ella es enviada como su secretaria. En ningún momento siento horror por ella. De a poco, conociéndola, gracias a los amigos de Montevideo, le voy teniendo simpatía y me doy cuenta de que voy por buen camino cuando comprendo que simpatizo con todos. Esa sí que es la tarea de un novelista.
- En la presentación de los personajes el tema de la identidad es central. La mayoría de ellos está escindido o tiene múltiples facetas. ¿Hay algo de la mirada fragmentaria de Felisberto que utilizaste para presentarlos?
- Hay algo de esa mirada porque Felisberto ve los cuerpos en pedazos, ve el brazo de su maestra y no a su maestra; cosifica a las personas y sexualiza los objetos; tiene una relación con los objetos y sus fragmentos. Pero también hay algo mío. Yo no podría identificarme nunca con un personaje que tuviera una sola identidad, que estuviera cómodamente sentado en un sillón en un país al que cree suyo y con una identidad que cree suya. Si África de las Heras me fascinó es porque es una española que se va a Moscú y que después se va a Montevideo y que termina por no saber quién es, porque tiene la infinita cantidad de identidades del espionaje. Me interesó Felisberto porque está fuera de este mundo: como poeta, no vive en esta realidad. Y el pobre Oleg no existe y, encima, es un judío condenado a ser fusilado en la Unión Soviética con toda seguridad, cosa que en la novela sucede.
- Esta multiplicidad de identidades ¿es la que hace de África una muñeca rusa, que en sí misma encierra a tantas?
- Claro, la muñeca rusa es la que esconde el secreto de una en la otra, en la otra, en la otra, hasta el infinito, hasta la más chiquitita. Ella ha tenido que llamarse de diferentes maneras, es como un desfile o un carnaval de personas. En España se llama María Luisa, pero antes se ha llamado de diferentes maneras. Los rusos en España, cuando ella era una heroica guerrillera en la Guerra Civil, la llamaban Znoi, que quiere decir "la sulfurosa". Ha tenido muchos nombres y me pareció que el hecho de que ella fuera manejada desde Moscú como una muñeca, tiene mucho que ver con el hecho de que Felisberto, que estaba obsesionado por las muñecas, le dedicara el cuento "Las hortensias", que es un cuento de muñecas.
- Respecto a la mirada fragmentaria de Felisberto y a su conocimiento o ignorancia acerca de la verdadera historia de su mujer, sus asociaciones ¿desarticulan la lógica del sentido o le dan sentido a lo ilógico?
- Le dan sentido a algo que es ilógico. No es posible, dentro de la lógica de todos los días, que Felisberto no se diera cuenta de que ha vivido durante dos años con una espía que tiene los aparatos de radio-comunicación abajo o al lado de la máquina Singer de coser; no puede ser que no se de cuenta. Al mismo tiempo, todo en él hace pensar que, en otro nivel, sabía todo. Él escribe este cuento "Las hortensias" y, en el cuento, pronuncia la palabra espía cuando la conoce a ella; él no sabe que ella es una espía, pero una de las muñecas del cuento se parece a una espía. Y además está hay un punto de turbación porque durante la época que él estaba con África escribe cosas que hasta hoy son ilegibles, en una taquigrafía que él se inventa. A lo mejor el día que desentrañemos esa escritura, con sus patas de moscas misteriosas, sabremos hasta qué punto él sabía o ignoraba esta historia.
Entrevista realizada por Débora Covelo, en marzo de 2009.
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Silvina Díaz dice:
17/04/2009 - 10:09 PM
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Después de haber leído la historia real de la espía África de las Heras, en libros anteriores, me defraudó esta historia de ficción de Alicia Dujovne. La verdadera historia de la agente del KGB es más rica que en esta visión un tanto confusa y deshabrida.
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susana desposito dice:
22/04/2009 - 11:07 AM
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no habia leido anteriormente otra novelas de la autora, esta me parecio muy lenta y va perdiendo interes a medida que se la lee.
se reconoce un estilo, pero queda solo en ello, me gustaria saber si es solo una apreciacion o a alguien le sucedio lo mismo.
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viviana dujovne dice:
21/03/2010 - 04:34 PM
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lei con pasión esta novela, Me pareció maravilloso como la autora se mete en la piel de Felisberto Hernandez y hace guiños para sus lectores. Supongo que el lector que desconoce la obra de Felisberto esta novela no despertará lo mismo. La autora, no solo hace el relevamiento histórico, sino que entrecruza o enlaza los textos ficcionales de felisberto con la recreación ficcional de una parte de su vida. Me encantó.
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andreika dice:
27/03/2010 - 01:36 PM
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Una de las mejores novelas que leí en los últimos tiempos. Coincido con Viviana: para saborear esta novela hay que conocer la obra de Felisberto. No me parece una novela lenta, y la devoré en una tarde.
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