Editorial: El Ateneo Publicación: 2008 ISBN:9789500204491
Sinopsis:
Rolando padece una enfermedad cerebral que inhibe la facultad del habla, lo que lo obliga a valerse de anotaciones para poder comunicarse. En su adultez, comienza una terapia con un lacaniano delirante que analiza sus patologías psíquicas en paralelo con las imágenes del país.
Con este material, Bañez logra una novela sorprendente, de un notable sentido del humor, mezclando con eficacia materiales cultos y populares y con el trasfondo de la sociedad argentina de la que se habla de una manera tan original como polémica.
Gabriel Bañez autor de La Cisura de Rolando, Ed. El Ateneo, noviembre de 2008. ISBN: 9789500204491
Gabriel Báñez nació en La Plata, en 1951. Es autor de Parajes (novela, Primer Premio Provincial de Novela Roberto J. Payró); El Capitán Tresguerras fue a la guerra(novela, Ediciones de la Flor); Hacer el odio (novela, 1ª edición, Bruguera; 2ª edición, Almagesto); Góndolas (novela, Ediciones De la Flor); El curandero del cuarto oscuro (novela, Sudamericana); Paredón, paredón (novela, Sudamericana); Los chicos desaparecen (novela, Atlántida y Editions Alfil, París); El circo nunca muere (relato, Almagesto y Editions Alfil, París); Octubre amarillo (relato, Almagesto); Virgen (novela, Sudamericana); Cultura (novela, Mondadori). Relatos en antologías de Argentina y México (La Venus de papel, Planeta y Cuentos argentinos contemporáneos, UNAM).
Recibió el Primer Premio Internacional de novela "Letra Sur 2008", por La Cisura de Rolando.
Entrevista a Gabriel Bañez ¿Cómo surge la Cisura de Rolando?
La cisura de Rolando surge a partir de lo que llamo una «tara congénita», tiene que ver con mis dificultades de relación, con cierta pavura escénica, todos hablan de temor, pero lo mío es pavura escénica, es algo más todavía. Toda vez que he tenido que hablar en público creo que la primera frase que he dicho y he cometido es «escribo porque no sé hablar». Y a partir de ese lugar común, tan interior mío, de mis deficiencias o mis dificultades es que apareció la primera frase. A partir de esa primera frase fue surgiendo un personaje. Este personaje que tiene problemas para hablar; lo fui construyendo a partir de un chico porque creo que mis dificultades y mis problemas de comunicación y de sociabilización, incluso, han tenido que ver con la infancia. Así, fui construyendo el personaje y me di cuenta que era un chico afásico, me di cuenta que este Rolando además podía valerse de otros lenguajes para comunicarse y que la verbalización no era solamente el medio sino que había otro síntomas –vamos a llamarlos así- otros síntomas sociales para poder comunicarse: desde la percusión hasta el código morse, la creación de formas escritas diferentes, lo gestual, en fin… Me di cuenta también de que en el fondo todos somos discapacitados. Me di cuenta que esta discapacidad tenía que ver con tener más posibilidades en otros aspectos o en otro campo. Es decir, que era un Rolando definitivamente distinto para los demás pero muy, muy esencialmente él. En este yo de Rolando, me di cuenta también que la discapacidad era la mirada de los otros. Y que esa discapacidad era una carga que venía del afuera. De hecho el no parece tener problemas para comunicarse sino más bien el problema es de los otros para entender su mudez…
Exactamente, el problema es de los otros para entender esta afasia temporal, esta mudez. Es más, esta discapacidad o esta mudez, fue una ventaja para él, porque aprendió otras formas de entender y comprender a los demás. Claro, que el problema era de los demás, y por ese persiste. En rigor, todas las discapacidades están en los otros.
¿Cómo está estructurada la novela?
La novela está estructurada como dice el título -de esto me di cuenta después- en dos partes: hay como un corte entre la primera parte y la segunda. Creo que eso también es una cisura. Está la primera parte de la cual no diría que es una primera parte iniciática o de iniciación, sino que es, simplemente, una primera parte relacionada con la infancia. Y una segunda parte en la cual el personaje, Rolando ya tiene cuarenta años. Rolando con cuarenta años ya recuperó el habla; no, mejor dicho, el habla lo recupera a él, que es distinto.
Creo que nosotros somos hijos del lenguaje. Siempre digo que madre es lenguaje y padre es escritura. Llegamos al mundo y hay un lenguaje que nos espera, esa cuna lingüística está representada por distintos idiomas, pero ya pertenecemos a ese lenguaje; en ese sentido digo madre. Y cuando digo que padre es escritura lo digo en un sentido más tensional: la ruptura, la transformación, la creación a partir de la escritura, esa pulsión básica del lenguaje, esa tiranía del lenguaje tan maravillosa. Entonces, el personaje ya con cuarenta años, cuando el habla ya lo ha recuperado, se trata de un ingeniero agrónomo separado, que en un momento dado de su vida, se siente muy feliz, extraordinariamente feliz, pero no como suele decirse, que la felicidad son formas de a ratos o espacios, no, él siente una llanura completa de felicidad, siente que es feliz todo el tiempo. Y esto es gravísimo, ¿quién se siente feliz todo el tiempo? Entonces, se da cuenta de que algo malo pasa, y consulta a un terapeuta, un terapeuta lacaniano. Y se trata de un terapeuta muy particular, cuyo nombre es Moran, que lo va llevando a través del lenguaje y de las diferentes sesiones a distintos estadíos de su disparate formal. De todos modos es un homenaje al lenguaje, algunos han tomado esto como una sátira o una parodia a Lacan y a sus discípulos, desde Jacques-Alain Miller para abajo, a todos. ¡No!, es un homenaje que hago al lenguaje, a mi me fascina la terapia, creo que es literatura de la mejor -lo digo en el sentido no irónico- creo que es creación pura. En este sentido, este lacaniano Moran, va llevando a Rolando por diferentes teorías: teorías históricas, del país, sexuales, etc., etc. Muy, muy non sense, ¿no? Pero creo que en el fondo tienen algún sentido. Sin embargo, las escenas de la terapia son una ridiculización de ciertos procedimientos…
Es una exacerbación, una ridiculización; hay formas paródicas, pero diría que eso tiene más que ver con mis formas de escritura. Me han dicho que escribiendo soy algo tendencioso, que apelo al humor constantemente, que en mi escritura hay ironía, cierto cinismo, grotesco, en fin. Creo que tiene que ver más con el lado de lo digital que hay en mí y que pongo en la escritura. A lo mejor, ese homenaje me salió de manera paródica, o humorística; bueno lo lamento mucho, o a lo mejor lo celebran los lectores, no se. Pero creo que a pesar de eso, sí, hay un homenaje al lenguaje. Creo que toda la novela es un homenaje al lenguaje, y a la palabra, sobre todo la primera parte donde abundan las listas, los diccionarios, ¿no?
Claro, está muy bien diferenciar, porque una cosa es el lenguaje y otra es la palabra. Sí, en la primera parte hay un homenaje decididamente enfocado a la palabra; y hay un rescate de la palabra. Tanto creo que somos hijos del lenguaje como que cada uno de nosotros guarda para sí un reservorio idiomático, un bastión, donde allí se alojan las palabras que nos han formado, palabras que tienen que ver con lo afectivo. Es decir es un bastión idiomático afectivo, donde rescato palabras que me decía mi abuela, mi madre; «sarnoso» por ejemplo tiene una connotación despectiva, pero cuando mi abuela me decía sarnoso era con afecto; o «engañapichanga», «covacha», etc. Hay un reservorio lingüístico en cada uno de nosotros construido por esas palabras. Si las empezamos a rescatar creo que empezamos a darnos cuenta, a través de esas palabras, que hay un lenguaje, y que hay un origen, y hay que formas entrañables que la escritura puede representar. Por eso he rescatado algunas de esas palabras. ¿También hay violencia en las palabras? Pienso en lo que representa la palabra living-room para Rolando…
Es curioso, la palabra living-room para mi tiene una connotación violenta, también para Rolando. Será por mis orígenes, porque me crié en una casa muy modesta, en una casa chorizo, en los años cincuenta; eran casas que no tenían living-room. En esa época tener living-room era de las casas más importantes. Ese vocablo anglosajón yo lo sentía como una ausencia, como una falla. La escritura es una forma de suturar ausencias, fallas, angustias, felicidades, alegrías. No creo en los escritores que son sufridores ejemplares y sufren por el resto de la humanidad; me parece una idea bastante patética y egocéntrica. Sí, entonces, ha habido en ese pasado palabras que violentamente irrumpen y me recuerdan parte de ese pasado; y también al personaje se lo recuerdan. Hay notas autobiográficas, pero no todo es autobiográfico.
Decías que el libro está estructurado como el título: una cisura en dos partes, ¿también cada parte tiene su propia cisura interna?
Hay cisuras del lenguaje entre primera y segunda parte también. Obviamente, la primera persona de Rolando no es la misma; me parece que es una primera persona deformada, es decir, como ya tiene el lenguaje -¿puedo usar una palabra muy burda y muy actual?- está «cooptada».
«Abducida», como dice el epígrafe…
Si, abducida (risas), es un personaje cooptado por el lenguaje. Ese yo ya no es el yo de la primera parte. De todos modos, la memoria afectiva de Rolando adulto guarda elementos que aparecen sobre el final de la segunda parte que tienen que ver con la afectividad, con cierta ternura -a pesar de lo hiriente de lo que él puede ser- con cierta extrañeza por aquello, y cierta posibilidad que se da él de volver a ser alguien distinto, mejor, después de lo que pasó.
Entre todas las cosas que hace Rolando niño para recobrar el habla intenta recibir señales televisivas, ¿era una fantasía común en la infancia?
Cuando yo era chico, llegaban las primeras antenas de televisión -yo nací en el ‘51- y esas antenas eran algo fascinante. Ciertamente, intenté subir a un techo y conectarme a un cable de la antena a ver si recibía imágenes, un disparate absoluto. El ingeniero Behrenz es un personaje de mi infancia que se dedicaba a armar televisores. En la novela, Behrenz lo ayuda en sus procedimientos estrambóticos para recuperar el habla: desde captar las señales pasa a intentar hablar con el código morse, luego a la taquicagrafía. Después, quienes lo rodean intentan hacer desde la Escuela Científica Basilio que los espíritus lo hagan hablar; luego un médico lo hipnotiza; también intenta con la música por correo «aprenda flauta en cuatro sesiones, por método», etc. Pero todos estos intentos fracasan y acá me parece que hay como una estructura del coyote y del correcaminos, ¿no? porque es intento de atrapar o de lograr algo, fracaso, intento, fracaso, intento, fracaso.
En la segunda parte esa estructura desaparece para ir dejando lugar a un yo diferente pero ingenuo, en esto se mantiene como el primer Rolando. Ingenuo en el sentido de que va aceptando las teorías disparatadas de Moran, como la de que todos los argentinos somos putos o la teoría sobre los orígenes de la patria. Y él va entrando en esas teorías disparatadas, las va aceptando. Y en la ingenuidad hay fuerza, hay verdad, hay poder; la ingenuidad es el abandono de lo que es la mentira. Él acepta la mentira de Moran pero al aceptarla con fe y con ingenuidad esa mentira pasa a ser una verdad transformadora y este personaje va logrando cosas con esa teoría -cosas concretas- se va sintiendo cada vez mejor hasta la última parte en donde se ve que a lo mejor Moran era un fraude; y yo no lo se, ¿no? Porque es un fraude que funcionó para él, porque lo aceptó y lo transformó en verdad.
Hay algo muy arltiano en el personaje de Rolando,
¿reconocés esa influencia?
Me lo han señalado en muchas críticas, no en este libro pero sí en otros como en Paredón, Paredón, en el Curandero del cuarto oscuro o en Los chicos desaparecen. Para mi el humor es el recurso de la desesperación y hay algo de arltiano en esa épica de la desesperación. Sin embargo, si yo tuviera que nombrar a un escritor, yo nombraría a John Fante -soy un hijo bobo de John Fante- porque en él encuentro desde un cinismo y una ironía muy ácida hasta cierta ternura y una cierta ingenuidad en la cual yo creo reconocer algunas cosas.
Pero que me identifiquen con quien quieran. En eso no tengo nada que ver… soy muy respetuoso con la crítica, me parece un ejercicio de buena voluntad haber leído el libro y, además, de inteligencia haber interpretado otra cosa, o haber rechazado o negado otras; afectividad o reactividad frente a un texto imponen una relación o un vínculo y todo vínculo es polémico si es que es afectivo; si no, no existe.
Finalmente, ¿Cómo recibiste la noticia del premio "Letra Sur”?
El tema del premio tiene que ver con que yo soy muy bueno fracasando -fracasando soy excelente- y un amigo me dijo que había un premio, entonces fui al sitio y vi: «Puerto Madryn». Puerto Madryn es una ciudad que a mi me gusta mucho, Chubut me gusta mucho, y esta persona me dijo, ¿por qué no fracasas una vez más, y mandás tu novela? Y la envié. Después, cuando me llamaron de El Ateneo para comunicarme que era el ganador, colgué porque pensé que era una joda, ¡colgué!. Entonces, me vuelven a llamar y como no me convencía, finalmente me sugirieron ingresar en el sitio web: colgué, me fijé en el sitio y efectivamente era yo.
Entrevista realizada por Matilde Méndez en Buenos Aires, mayo de 2009. Se permite la reproducción total o parcial del material de www.cuentomilibro.com siempre y cuando se mencione la fuente.
Cristina dice: 7/11/2009 - 11:50:06 AM
Querido maestro, siempre te recordaremos.
Gracias a los del sitio por permitir recordarlo asi.