-Antes de meternos de lleno en el libro, me gustaría que cuentes el recorrido especial que tiene esta novela, porque partió desde Córdoba, ganó un premio en Europa y entró a la Argentina unos años después casi por la ventana.
-Sí, tiene un recorrido raro el librito. En el 2003 lo envié a un concurso en España en el Salón del Libro Iberoamericano de Gijón sin ninguna expectativa, era el primer libro, la primera novela y el primer concurso serio. Lo mandé por mandarlo, dude bastante en hacerlo y justo ese año el concurso pasó a ser bienal, entonces no supe nada hasta el 2005. No pensaba mucho en eso hasta que vi en la prensa que nombraban a los finalistas, anduvo muy bien en Francia, tuvo muy buenas críticas y buena recepción, el encuentro con los lectores fue muy bonito y en los otros países anduvo bien para ser lo que es: el primer libro de una escritora de un país que en Europa no es foco de atención.
La editorial española tenía un tiempo para sacarlo aquí y por esas cosas del cambio y esas cosas decidió no sacarlo y justo cuando se liberaban los derechos Edhasa se contactó conmigo y para mi fue muy bonito porque es una Editorial que me gusta mucho, hace lindos libros como objeto y ahí apareció acá.
-Esto es más curioso porque la historia es bien argentina?
-Fue raro, porque cuando el Jurado de este concurso eran cinco editores europeos, uno de Grecia, uno de Portugal, uno de España, uno de Francia y uno de Italia y Luis Sepúlveda que era el Presidente del Jurado. Además de la incredulidad cuando me dijeron que había ganado, realmente me costó bastante creerlo, después pensaba que raro porque era una historia, para mi, llena de códigos, de secretos, que tienen que ver con nosotros. Después, el Premio trajo viajes y la posibilidad de ir charlando y recorrer y saber que Grecia tuvo dictadura, Portugal tuvo dictadura, España tuvo dictadura, incluso había algo muy bonito que me contaban en distintos países pero sobre todo en España: que también los pueblitos tienen esta estructura que tiene el pueblo donde transcurre la historia de El Colectivo de una vía que divide el pueblo entre ciertos tipo de habitantes y otros tipos de habitantes. En España pasó mucho eso y en todos los países que crecieron alrededor del ferrocarril.
-¿Cómo contarías la historia de El Colectivo?
-Es una historia pequeñita, es un pueblo en la provincia de Córdoba, se puede pensar por el paisaje que es el sur de la provincia, donde de repente el único colectivo que pasa por día sigue pasando pero ya no para, no se detiene a buscar a los pasajeros, incluso en un momento apaga las luces y acelera y esto desencadena y desnuda cosas que están pasando por abajo que es lo que cada uno hace con respecto al otro, como se mueve en la vida. Desnuda las pequeñas miserias del pueblo, hay gente que se quiere ir y es el del pueblo, hay gente que no es del pueblo, que está de paso y queda como atrapada en esta situación de no poder salir, también aparece la barrera del tren cerrada. Es una pequeña historia que con una línea de suspenso va planteando algo que a mi me interesa mucho, que es que hacemos cada uno de nosotros en lo cotidiano, en los pequeños momentos. Como esos pequeños gestos van construyendo la historia con mayúscula.
-Ese pueblo también es un mundo donde están todo representado.
-Creo que como en cualquier pueblo. Yo no soy de un pueblo pero vivo en un pueblo, un pueblo grande pero pueblo al fin. Y sí, se reproduce lo que quizás en la ciudad pasa más desapercibido por la cantidad de gente y por las velocidades, en Capital Federal uno no conoce a todos lo vecinos, en los pueblos sí y uno le conoce los padres, los abuelos y la historia familiar.
-¿Quién es Ponce, uno de los protagonistas de la novela?
-Ponce es un abogado, que pensemos este pueblo en una provincia del interior en el año 77, es el Doctor. No es un abogado como podemos pensarlo ahora, sino que es en ese momento una figura de mucho respeto en el pueblo. Humanamente es un personaje -no está bien que lo diga yo- pero muy ríspido, muy amargo, que ha tratado de armar su vida en función de castigar a aquello que no le gusta como es, incluida su esposa sometiendola a un cotidiano bastante horrendo. Un muchacho que no era de Córdoba pero estudió en Córdoba Derecho con el sueño de convertirse en lo que ahora es: El Doctor. Ahora este tema del colectivo que no para y todo lo que empieza a pasar en el pueblo empieza a resquebrajar esa imagen intocable de lo que debe ser un doctor en un pueblo.
-Allí también hay una pareja de paso.
-Sí, hay una pareja de paso en medio de esta situación. Es una pareja que según algunos dicen es un viajante con una mujer de otro pueblo, dicen algunas murmuraciones que la mujer es de otro pueblo entonces viene a tener un amorío con él fuera de su propio pueblo, hay otros que le adjudican otras identidades. No está muy claro, ellos no hablan de sí mismo, pero se encuentran con esto: están en el único hotel del pueblo y el colectivo pasa no para, quieren irse y no pueden, va creciendo cada vez más la tensión y finalmente deciden tomar un camino diferente, en una historia donde todos los caminos parecen estar muy pautados, estos dicen si por acá no se puede, se puede por acá.
-Es muy importante en la novela lo que los vecinos no dicen. Aquello de lo que no se habla que es un rasgo del silencio en la dictadura, leyendo el libro me acordaba aquel lema que usaron los milicos "el silencio es salud".
-Sí, el silencio es una cosa muy tremenda, es una cosa repleta. Siempre está repleto de algo y además hay muchos tipos de silencio, el que uno está cayando algo.
Creo que el silencio atraviesa toda la novela, quizás voy a decir una tontera: a mí me gusta mucho esta edición (el libro ha tenido diferentes ediciones) de Edhasa, porque tiene espacios grandes y letras grandes y los espacios los han respetado, hay veces que las editoriales te cortan si hay espacios en blanco. Hay como aire. Hay eso que yo quería poner en la historia: todo lo que no está dicho, todo lo que se bordea, que cobra más fuerza que lo dicho que es una huella clara de la dictadura y creo que otros países, que han tenido dictaduras o que no las han tenido, también todo este frenesí, esta velocidad loca en la sociedad tiene que ver con eso, con lo que no se dice, con lo que se calla, con lo que va quedando como un lastre y creo que hoy, socialmente, está muy claro: parece que se dice tanto y no se dice nada, estoy pensando en los medios, en todo el debate sobre la Ley de radiodifusión, que transmiten los medios, que noticias dan, como las dan, que hacer si uno quiere saber que está pasando. Hay, hay, hay y no hay nada.
-¿Un silencio ruidoso?
-Un silencio ruidoso y atronador, que perturba para quién lo descubre, porque hay gente que no lo descubre.
-El otro tema que me aparecía como central en tu texto es la idea de frontera que está representada por esta vía. La veo como una frontera narrativa, social, no sólo geográfica. ¿Es así?
-El pueblo donde transcurre la historia dividido por una vía: de un lado -todo entre comillas- los notables, del otro lado los no notables.
-Casi como aquello que atraviesa nuestra historia política y literaria, la civilización y la barbarie.
-Claro, y que bonito cuando uno se puede poner un poco más allá, mirar y decir: "Quién define cuál es la civilización y cuál es la barbarie". Quién dice quien es quién en ese pueblo. Esa historia de la vía es una historia que tengo muy incorporada, mi madre era de un pueblo como la mayoría de los pueblos de Córdoba dividido por la vía de un tren, antes que desmantelaran el sistema ferroviario. Y un día descubrí con mucha sorpresa, yo vivía de este lado, bueno no vivía, en los veranos vivía en lo de mi abuela y estaba de este lado y no podía cruzar al otro lado, el otro lado era el de los notables, mi abuela vivía del lado pobretón pero era Directora de la Escuela y no podíamos cruzar del otro lado y no sabíamos por qué y yo un día me escapé -el otro lado quedaba a tres cuadras, había que cruzar la vía- y ahí había otra Plaza, otra Escuela y yo andaba por ahí paseando y una señora que me encontró, me paró con mucho ímpetu y me dijo "Usted que hace acá, si usted es la nieta de la maestra del otro lado". Yo era muy pequeña y me quedé y le dije, no este es el otro lado. Ahí descubrí que la definición del otro lado, venía del lado donde uno estaba, siempre los demás eran el otro.
Esa línea en la historia me parece que divide bien, porque no se sabe mucho que hacen, se sabe que hacen los que están del lado de los notables pero del otro lado se sabe poco. Los notables es una palabra horrible, quiero decir esta gente tan creída que su lugar en la sociedad les da identidad.
-Los de los apellidos?
-Sí, sí, los tontos, la gente con prosapia, que se yo.
-También está en la atmósfera de la novela ese "que dirán", tan de los setenta argentino.
-Un que dirán que era muy importante en los setenta porque te corría la vida en eso y que es muy importante hoy y que a mi me parece es una de las grandes cimas de la estupidez humana, es decir estar tan pendiente de lo que los demás van a opinar. Creo que entra en este mapa de los que usan su apellido, de los que tienen prosapia, de los que creen que una profesión te da algo pero, claro, en esa época se te iba la vida, parecía que cualquier cosa que se dijera sobre otro te podía manchar. Ahí en el libro están las acusaciones de ser subversivo, de si uno era guerrillero, de si esta era un puta, de si este es el amante de cual: es de una pequeñez que abruma, de una pequeñez que yo sigo viendo.
-Creo que tu novela forma parte de una serie de textos que se están publicando en los últimos años que tienen que ver con una nueva mirada sobre los setenta y que es realizada por los que nacieron en esos años y pienso en varios textos que se conocieron, tanto en cine como en literatura, que implica una mirada distinta a la de los actores de los setenta y donde la militancia no es heroíca ¿Lo sentís así?
-En la historia mucha gente me ha reprochado que no haya figuras?me acuerdo que un amigo al que quiero mucho me dijo: ¿y el héroe?, quien es el héroe, el revolucionario, y no está, no vino. Comparto con vos esto, vos tenés 36 y yo tengo 37. El otro día hablando en una Escuela nocturna, que de todas las visitas que he hecho fue la visita más hermosa que haya hecho, charlando con ellos salió este tema y hablábamos que tanto yo como vos, la gente de nuestra generación, hizo la primaria en la dictadura y muchas veces alguna gente me dice si vos no viviste esa época, ¡caramba! No sólo la vivimos sino que si uno es protagonista de la historia, aunque no tome las riendas, si uno es un adulto puede entender que está pasando. Vos, yo, la gente de nuestra generación, se te venía el mundo encima y no podías preguntar, si preguntabas no ibas a tener respuestas y parecía que eso era así naturalmente, cuando llegó la democracia en Córdoba hubo como una exlosión cultural, era hermoso: había teatro en las calles, música en las calles, el festival de teatro era una muchedumbre de gente, era precioso. Yo ahí descubrí que el mundo podía ser otra cosa, para mi el mundo era un lugar en el cual había que oír mucho, callar mucho más, tener mucho cuidado en eso de no hablar, mirar y observar. A veces subestimamos mucho lo que puede hacer un chico como una percepción activa del universo. A mi me parece muy valioso que haya otra mirada hecha por la gente de nuestra generación, si se da esto que vos decís que ves a este libro como en una red de otras producciones yo me pongo felíz porque creo que es una necesidad.
-Inclusive creo que como generación tardamos en hacerlo.
-Sí, si tuviera que preguntarme a mi misma, yo nunca plantee escribir sobre la dictadura. Empecé a escribir una historia y así como en el libro en un momento aparece 1977 a mi también me estalló en la cara y dije caramba el 77. Y me ha pasado con otros textos, de una revista me dicen necesitamos un cuento de tres páginas y empiezo a escribir y al final de la primera página sale esto. Creo que es una necesidad que está ahí y me parece que está bueno que no haya una programática, que algunos textos han tenido una programática en el sentido de militancia, de decir bueno voy a escribir una novela para decir?yo no lo hice y creo que hay muchas obras muy valiosas de gente que no lo está haciendo como una militancia si bien responde a los valores que uno tiene, sino que uno cuenta una historia y eso aparece y aparece porque estamos hasta el hueso con la dictadura. Se ve en las cosas cotidianas que pasan ahora, el tema del campo, por ejemplo, como se manejó el tema del campo, no quiero decir los campesinos sino los grandes terratenientes y los productores rurales y gente que está muy bien diciendo hay que bajarla por la Presidenta, un discurso que revela hasta que punto caló. Es el juego democrático: ganó alguien que no te gusta y espera cuatro años, mientras tanto hacé.
-En la novela hay una mirada tuya muy profunda sobre los pequeños detalles. ¿Cómo trabajas eso?
-Ahí tampoco hubo programática, es algo que tiene que ver con mi forma de ser: yo de este encuentro voy a recordar los detalles, cuando hice la dedicatoria para el libro que se va a sortear la P no salió porque no salió tinta, el micrófono rozó en un momento la bufanda, posiblemente si me preguntás grandes cosas yo no me voy a acordar, toda mi percepción está armada de detalles, cosas chicas, palabras y en las actitudes en el mudno de pequeños gestos. Cuando llegás a una ciudad desconocida y no sabés adonde ir y estás desolado y perdido pasa alguien y te sonríe, para mi eso vale muchísimo más que grandes gestos, es mi forma de ver el mundo.
Hay una frase de Wittgestein que a mí me gusta mucho y que no me acuerdo literalmente pero dice algo así como: primero lo que hacen, después lo que dicen, después lo que piensan. No me acuerdo a que se refería pero cuando la leí dije ah caramba, eso eso es lo que a mi me gusta leer, lo que un personaje hace, después si tiene que decir algo que lo diga y después, si es necesario, que piense, porque en lo cotidiano no sabemos que piensan los otros, sólo nos guiamos por lo que hacen.
Entrevista realizada por Matías Méndez en Buenos Aires, agosto de 2009.
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